Ingeborg y yo nos citamos en Tuchlauben para hablar de Malina. No es la mejor zona de Viena para hablar de literatura, pero hay cuestiones de comodidad recíproca cuyo peso no se puede obviar, concretamente, la distancia que separa su casa de la mía, considerando la distancia que hay de su casa a Tuchlauben y de mi casa a Tuchlauben, y las probabilidades de que algún conocido interrumpiera la conversación, que en este caso serían ínfimas dada la distancia que hay de nuestras casas a Tuchlauben.
Con el objetivo de allanar el camino de nuestra charla, puse a Ingeborg sobre aviso de que el encuentro no iba a estar exento de asperezas. Seguramente todo iba a comenzar de manera gentil y afable, gracias a nuestro carácter espontáneamente animado y encantador, pero según fueran sucediéndose las desavenencias y los vituperios, el intercambio podía descarrilar salvajemente, llevándose por delante lo que podría convertirse en una amistad enriquecedora.
Antes de nuestro encuentro insistí sobremanera en que para mí su monólogo, del que había leído sólo la mitad para no alimentar en exceso mis tendencias masoquistas, estaba centrado mayormente en la felicidad y cómo ella la alcanzaba desde una posición incómoda en la que el apego y el amor por la figura masculina chocaban con el rechazo hacia el dominio que esta ejercía sobre ella. Y quise dejar claro que, aunque el ejercicio literario me parecía vigoroso, elocuente y hasta cierto punto estimulante, fruto evidente de una inteligencia muy capaz, también era por momentos disperso y carente de impulso.
Ingeborg reaccionó a mis comentarios de manera cordial, lo que apartó de inmediato cualquier atisbo de contención y me empujó a indicar que si Iván la hacía muy feliz y ella misma estaba enamorada, eso era hermoso y digno de ser narrado, pero no había ningún motivo para esconder los sentimientos al lector, pues percibía yo una suerte de filtro racional inconsciente que drenaba la sangre bombeada por el corazón y nos dejaba el cerebro abierto como único manjar; un manjar sabroso, pero insuficiente.
Después de estas observaciones, que se cruzaron con nuestra decisión de reunirnos finalmente en Tuchlauben, Ingeborg se mostró más renuente y no pude hacer otra cosa que acabar con una nota positiva para no malograr nuestro futuro encuentro. Añadí que la experiencia de lectura era agradable y la prosa rebosaba calidad y que Malina era como dar un paseo por la orilla del Danubio con una acompañante dispuesta y sagaz, pero que yo no podía buscar monumentos donde no los hay.






















