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13 de enero de 2014

Gillette en paralelo a la vena

Gilead de Marilynne Robinson.

Pulitzer 2005. Aguanté 52 páginas (apunte que dedico a los anónimos metemierda). Un reverendo en sus últimos días de vida le escribe una carta a su hijo pequeño para que la lea cuando sea mayor, y el campo de batalla para aludir a las emociones más básicas y hacer las reflexiones más superficiales queda inaugurado. Sensiblería barata e intentos de filosofar. Y lees la novela y no pasa nada. Abrir el libro es salir a pecho descubierto al encuentro de la monotonía. Aunque hay un humor increíble: "Van siempre tan negros y tan impregnados de gasolina que no entiendo cómo no arden". Y te puedes topar con reflexiones de una profundidad sobrecogedora: "la gente que sienta remordimientos de cualquier clase por algo que te afecta supondrá que estás enojado y verá enojo en todo lo que hagas", "la irritación es una forma de ira", "La bendición –y eso creo que es el bautismo, principalmente- posee una realidad. No intensifica el carácter sagrado, pero lo reconoce, y en ello hay poder", "Existe una inocencia adquirida, creo, que merece ser tan venerada como la inocencia de los niños". Y podrás apreciar datos de una relevancia descomunal: "Cincuenta sermones al año, digamos, por cuarenta y cinco años, sin contar los funerales y demás, de los cuales ha habido un gran número. Dos mil doscientos cincuenta. Si tienen treinta páginas de promedio, eso suman sesenta y siete mil quinientas páginas". Y vislumbrarás que la autora también da clases de escritura creativa gratuitas. Y saborearás los mejores pasajes de las Sagradas Escrituras para recalcar la "sabiduría paternal" que va de la mano de "la verdad del Señor". Y te sentirás totalmente realizado con el buffet libre de frases sujeto-verbo-predicado que encontrarás. En definitiva, una exquisitez.