Niño oruga de Pedro Mancini.
Lo que empieza de manera sugerente y con una atmósfera inquietante acaba degenerando en un caos surrealista sin sentido o, como mínimo, excesivamente vago, como si el autor hubiera vomitado una mala digestión de Ito, Kafka y Lynch.
Aunque Mancini justifique sus decisiones apoyándose en aspectos autobiográficos, psicológicos o simbólicos, la acumulación de elementos surrealistas sin orden ni concierto evidencia un descontrol narrativo que apaga la poca luz que ofrece la historia.
16 de agosto de 2026
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