Los que escuchan de Diego Sánchez Aguilar.
No sé si oí sin ver o si vi sin oír, mi piel tocó unas 120 páginas que olían a sobreescritura y sabían a crema Nivea en una playa alfombrada por caracolas, ¿o debería decir espirales?, forma y contenido lo confirman de forma sincrética, iba en bañador cuando oí que las comas eran curvas y las subordinadas se dejaban llevar por la trayectoria como buenas alumnas, aunque en lugar de personajes y acciones oigo sujetos y predicados, en días soleados me podéis llamar acusmático, en días nublados Camusmático, son giros, desplazamientos oblicuos, DSA que no es DFW hace gala de una especie de hiperconsciencia que se manifiesta de manera digresiva, excesivamente digresiva, extenuantemente, y no niego que establece algunas conexiones sonoras interesantes, pero también nos propina una barahúnda de detalles prescindibles con personajes y situaciones repletas de ángulos, pero sin aristas, demasiadas bisectrices en detrimento de las mediatrices, urge que la editorial contrate a un recortador, así el lector se ahorra embestidas gratuitas sin que el reloj se desangre, tampoco estaría mal, para estos casos, que la editorial contratara a un añadidor de emociones, las ideas son sugerentes pero no oigo latir al corazón, sí que trastabilla el corazón de Ulises en la diástole cuando se me vuela la sombrilla y acaba clavada en su oreja, justo en el momento en el que desembarcaba por allí enunciando unas palabras que él creía más importantes de lo que realmente eran, pues llegaron con nitidez a mi área auricular, pero sin acercarse a la proporción áurea.
3 de abril de 2026
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