La península de las casas vacías de David Uclés.
Hice tañer las campanas de la sospecha en cuanto vi que la novela abría sus puertas con nada más y nada menos que doce citas, seguidas de un árbol genealógico dibujado a mano alzada en un intento, primero, de acercar cierta raigambre literaria y, segundo, de alejar cierta lejanía.
El estoque previo a la muerte, en forma de aroma pútrido e infeccioso, lo empuja un viento de telenovela que encharca las fosas nasales con su olor a prosa añeja desvencijada y a tradición de armarios cerrados que dejan la ropa inutilizable.
Las añagazas estilísticas visten al texto de carnaval y alimentan al lector hasta esconder ligeramente el relieve de sus costillas, lo que dura un entierro cañí, pero cuando los disfraces caen y las sombras desaparecen, el contacto de la palabra en la cara es demasiado rugoso, léase provecto, como para despertar esos ángulos de la mandíbula que impiden que la boca dé a luz una sonrisa nonata.
12 de marzo de 2026
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