Caja 19 de Claire-Louise Bennett.
La mujer que conocí en un supermercado de Galway, con la que tomé té y pastas un día lluvioso, hablaba de manera sofisticada y con un tono solvente, pero se aclaraba la garganta con el mismo té que luego tragaba, se aclaraba y tragaba, se aclaraba y tragaba, una y otra vez, en un movimiento esquizofrénico que no daba señales de progreso ni en su interior ni en el mío, y según su mirada se iba perdiendo con mayor intensidad en lo que fuera que viese más allá de la ventana, algo que ocurría mientras se aclaraba y tragaba y mientras mis oídos recibían las gárgaras y su perorata sin ninguna esperanza de llegar a algún significado profundo escondido en sus palabras, me di cuenta de que yo también había leído a Beckett y Bernhard y Markson y muchos otros, pero no necesitaba nombrarlos con la misma frecuencia que ella cada vez que bebía un poquito de té o comía una pasta, porque nombrar a tantos escritores de esa magnitud no lo consideraba yo oportuno en nuestra charla, pues aceleraba mis ganas de cerrar los ojos y los oídos ante la poca luz que dejaba pasar intacta su boca cuando se aclaraba y tragaba, se aclaraba y tragaba, o comía una pasta, una luz que si lograba pasar era filtrada por su saliva y su garganta y su perorata, reduciendo así las posibilidades que tenían sus palabras de iluminar algún rincón de la sala más allá de la ventana.
Katie Kitamura: Audición
Hace 57 minutos

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