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23 de julio de 2013

Durán no dura

Blanco nocturno de Ricardo Piglia.

Pocas páginas duré. Juzguen ustedes: "bailaba muy bien la plena en los salones dominicanos del Harlem hispano de Manhattan, Durán entró de animador en el Pelusa Dancing, un café danzante de la calle 122 East a mediados de los años sesenta, cuando recién había cumplido los veinte años". Excusando lo de "café danzante" que quizás sea una expresión sudamericana o algo así, sobran cifras y nombres propios. Abro al azar, página 80: "Yoshio", "Croce", "Unzué", "Calesita", "Souto", "Saldías", "Croce y Saldías", "Cueto". Todo eso en una sola página, innecesario, irrelevante. Abro al azar, página 159: "Huergo", "Croce", "Renzi", "Hilario Huergo", "Tácito", "Hermanos Rivero", "Tape Huergo", "Tape Huergo", "Lucifer". Así hasta el infinito y más allá. Abro al azar, página 250: "Olavarría", "Lucio", "Lucio", "Larguía", "Lucio", "Luca", "9.20", "21.20", "Estados Unidos", "Sofía". Tiene tantas ganas de crear una ficción verosímil que se hincha a dar nombres propios y números. Error. Cuando sobrecargas la hoja con elementos que sirven para que la ficción parezca más real, ésta resulta menos real, porque el esfuerzo del escritor en hacerla parecer real salta a la vista. Será una especie de tic que tiene el autor, un irrefrenable gesto del brazo que cada veinte palabras le obliga a enfatizar el realismo de lo escrito. Por educación y respeto uno intenta soportar el tic, pero es imposible, acaba imponiéndose y consigue que la lectura sea insostenible. Más allá del realismo que se quiera imprimir, si en cada página menciona a cinco o seis personajes es porque algo falla. La construcción narrativa es defectuosa, un texto nunca obliga a ser repetitivo, esa trampa se la tiende el propio autor a sí mismo, por lo que debería buscar otros caminos.