Dura una eternidad y en un instante se acaba de Anne de Marcken.
Tengo hambre, mucha hambre de lecturas significativas y reveladoras, tanta hambre como la protagonista y narradora zombi de esta historia que empieza de manera fascinante y una vez amputadas la mitad de sus extremidades de celulosa no puede evitar desangrarse, arrastrándose moribundamente por sus territorios desolados y sus descripciones inanes para acabar sin aliento ni pulso, perdida en la oscuridad de sus requiebros y sus simbolismos de alas negras, sin conseguir que la ambigüedad maquille el trazo y nuble la profundidad aparente de lo narrado.
Ismaíl Kadaré: Frías flores de marzo
Hace 2 horas

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