13 de septiembre de 2017

fds

Las manos de Yundi Li son arañas. Li Yundi. Como las de Glenn Gould cuando Thomas Bernhard escribía sobre él en la buhardilla de los Höller. Gould escribía sobre Bach, sobreescribía a Bach. La araña de Denis Villeneuve se solapa con las líneas de otro escritor. Podríamos hablar de Ewers, incluso de Ovidio. Por aquellos tiempos. Tejidos que se transforman. Frédéric Yundi. Y nuevos tejidos. Y se amontonan. Li Chopin. Entre la aglomeración uno se pierde. Telarañas. Ya no merece la pena estructurar. O más bien: aglomerar en orden. Cada nombre me lleva a la obra. Respectivamente. Bajo el patrón del scherzo, el escarceo, la broma. Atrapando insectos sin querer. Con dos y tres voces al mismo tiempo. Contrapunto. Número 1 Opus 30. Como un código que al descifrarse te lleva a un tesoro. Inmaterial. Quizás 20. A una red virtualmente tejida. Pero ahí no se acaba. Paraíso terrenal de letras por descubrir. Si esto es posible. Glenn. Seguro que Bernhard le saludaría al verle. Lo. Li. Me refiero a Thomas. Yundi. Nativo de Heerlen, Holanda. Hasta donde llegue el verbo y las conexiones. Países Bajos. Tan meticuloso como incoherente. Y coherente. Nació allí. Cerca de Chongqing, China. En función del espacio-tiempo. Todo ilusión. Boca abajo es más fácil. Siempre y cuando. Quería decir "y coherente". De fondo las melodías de Yundi. El texto absorbe el momento y se propaga. Ebrio de música. Quizá las de Fryderyk. Tocadas por Li.

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